Hace nueve años que la Dr. María Angélica Sepúlveda logró instaurar su propia Clínica Veterinaria. Desde hace tres, trabaja junto a Nicolás, un Border Collie que alguien abandonó a las afueras de su lugar de trabajo, esperando tal vez que ella se hiciera cargo de él. Desde el momento en que lo recogió, el lazo entre ambos se estableció como algo indisoluble, y con el tiempo Sepúlveda comprendería que su perro sería un factor decisivo en el desarrollo de su labor.
María Angélica nació el 29 de junio de 1977 en Santiago de Chile. Cuando tenía sólo seis años, partió de vacaciones por primera vez junto a la familia de su mejor amiga, Rosalía. El destino escogido fue Olmué, un pequeño pueblo campestre de la Quinta Región En este lugar, Sepúlveda comenzaría a relacionarse más profundamente con los animales, sin siquiera sospechar que ese primer encuentro sería trascendental para su futuro.
Cada verano, ambas amigas echaban unas pocas cosas al bolso y tomaban un bus con destino a Olmué. Con el tiempo, estos viajes no sólo se realizarían en sus vacaciones, sino que en cada oportunidad que tuvieran, convirtiéndose en una especie de escapatoria de la ciudad rodeada de cemento y smog.
A los 18 años, María Angélica entró a estudiar Medicina Veterinaria en la Universidad de Chile. Tras egresar con éxito en 1995, la flamante profesional cargó el auto con todas sus cosas y partió a Olmué. La diferencia es que esta vez viajaría al campo con la idea de no volver a Santiago. Tras instalarse en una pequeña casa de campo, comenzó a ganarse la vida visitando a las mascotas de algunos vecinos. Ella los atendía, los vacunaba e incluso en algunas ocasiones también hacía el oficio de peluquera de perros. Luego se dedicó a atender a caballos, generando así más ingresos. Finalmente, en enero de 1999, Sepúlveda pudo instaurar su propia Clínica Veterinaria en una casa que arrendó a sólo cuadras de la suya.
Casi seis años más tarde, y en una mañana de junio como cualquier otra, escuchó en la entrada de su Clínica un tímido aullido. Abrió la puerta pensando que se trababa de un perro al que habían atropellado, pero se encontró con un Border Collie. Lo tomó en brazos y María Angélica sintió algo especial. Sin pensarlo mucho, lo adoptó y le puso Nicolás, en honor a su hermano menor que se quedó en Santiago junto a sus padres y a quien extrañaba mucho.
La personalidad de Nicolás era fantástica; era juguetón, fiel y muy inteligente. Desde el momento en que se convirtieron en compañeros, Nicolás acompañaba cada día a la veterinaria, incluso a su lugar de trabajo. Fue así como este Border Collie se hizo parte integral de la labor de su dueña, ya que jubaga junto a los otros perros enfermitos que estaban internados por diversas razones en la Clínica. Nicolás les hacía compañía, compartía con ellos y de esa forma, los ayudaba en su rehabilitación. Además, hacía reír a aquellos dueños cuyas mascotas recién habían muerto.
Tras cuatro años de vida, Nicolás se convirtió en una compañía excelente para María Angélica y en el compañero de trabajos ideal para la veterinaria, pues a través de sus juegos y de su fiel amistad logra completar de forma perfecta la labor que Sepúlveda realiza cada día en su pequeña Clínica Veterinaria de Olmué.

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